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2020 Sep, Revista de Occidente

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Revista de Occidente

La Revista de Occidente que fundara Ortega, sigue adelante. El último número, el nº 470-471, doble, de Julio- Agosto de 2020 está dedicado a las ciudades, Ciudad-es. Estampas urbanas y literarias.

Escriben aquí muchos de los intelectuales españoles de hoy. El artículo de Alberto Campo Baeza se titula HORAM EXPECTA VENIET, sobre la ciudad de Nueva York, sobre Manhattan y Mies Van der Rohe.

 

HORAM EXPECTA VENIET
DE COMO LA OBRA DE UN MAESTRO PRESIDE UNA CIUDAD
NUEVA YORK Y MIES VAN DER ROHE Y CAMPO BAEZA

NUEVA YORK

Nueva York es para mí, la ciudad más interesante del mundo. Una ciudad donde tienes todo y están todos, y a la vez, una ciudad donde puedes desaparecer. Y además, Nueva York, Manhattan, es una ciudad que merece la pena para cualquier arquitecto. Y todavía más si vas de la mano de Mies van der Rohe.

VENI, VIDI, VICIT

Mies van der Rohe llegó a Nueva York y la ciudad cayó rendida a sus pies. Como si del mismísimo Julio César se tratara, Mies VENI, VIDI, VICIT. Y allí levantó su primera gran torre paradigmática, el Seagram Building (1958), su primer y único edificio en Nueva York.

Mies, por razón de su enseñanza, se había hecho con Chicago donde construyó varios edificios como el Crown Hall (1956) del IIT, y las pequeñas torres del Lake Shore Drive (1951). El Crown Hall sigue luciendo su esplendor y el tiempo le pasa a favor. Mies levantó allí, en el centro del Campus del Illinois Institute of Technology, un manifiesto de su arquitectura para la Escuela de Arquitectura donde él daba sus clases. Todavía resuenan allí los ecos de la enseñanza del maestro en los Estados Unidos. Alguien llamó a ese edificio “el Partenón del Siglo XX”.

Pero donde disfrutó de verdad fue en Nueva York. El Seagram (1958) era, es y será el paradigma de la arquitectura del Movimiento Moderno. Nunca es ni será más moderno un edificio porque se agite o se tuerza o se incline o se cambie de piel, como algunos pregonan hoy. El Seagram podría estar construido hoy mismo, o mañana. Y Nueva York, hoy, a estas alturas, ya entrados en el tercer milenio, sigue presumiendo del Seagram

ONE MORE TIME MIES

Sobre Mies yo he escrito tanto que me cuesta volver a recoger tantos textos. Los más significativos son: Reflejos en el ojo dorado de Mies van der Rohe (1990), Aprendiendo de Mies (1993), El día que Mies visitó a Sota (1996), De cuando Mies van der Rohe se coló por el óculo del Panteón a bordo de la casa Farnsworth (2017), En la casa de Mies (2018), Mies ya tiene quien le hable (2019) . Y tantos otros, y ahora éste.

Para subrayar la enorme calidad de algunos maestros de la arquitectura española como Asís Cabrero o Alejandro de la Sota, escribí en los noventa unos textos, algunos de los cuales acabo de reseñar, donde me inventaba un viaje de Mies a Madrid donde visitaba admirado algunas de sus obras, como el Gimnasio Maravillas de Sota o el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo de Asís Cabrero. Creo que el mecanismo literario resultó eficaz, aunque algunos se escandalizaran por haber utilizado esa fórmula.

EN BRAZOS DE MIES

En 2003, con ocasión de una Exposición sobre mi obra en el IIT de Chicago, en el Crown Hall de Mies, en brazos de Mies, tuve ocasión de no sólo exponer mi obra sino, además, atreverme a hablar allí de Arquitectura.

Y en 2011, con ocasión del Symposium Rethinking Mies,  estuve hablando de arquitectura en Aachen, donde naciera Mies Van der Rohe en 1886. Fui con Eduardo Souto de Moura, buen amigo, que tras llevarme a ver la hermosísima Iglesia del Corpus Christi de Rudolph Schwarz, me comentó que, tras tantos años recibiendo la acusación de miesianos, no estaba mal que habláramos del maestro en ese Symposium.

Y en 2018 me hicieron hablar en el Pabellón de Barcelona de Mies, transformado en casa, sobre When a space becomes a home, una provocación. Yo no he hecho más que eso toda mi vida, hacer que en mi arquitectura la gente pueda ser feliz, estar como en su casa, at home. Y creo que lo he conseguido. Y en todas mis casas he intentado que más que sólo casas sean espacios de arquitectura en los que la gente esté feliz. Como decimos en español, dando liebre por gato. Porque eso fue lo que hizo Mies en todas sus obras, también en el Pabellón de Barcelona.

UN SOFÁ DE TERCIOPELO ROJO

Recuerdo una comida gloriosa en Nueva York, en el restaurante Four Seasons, que está en la planta baja del Seagram. Nos colocaron al fondo, en un largo sofá de terciopelo rojo, corrido de lado a lado, que se remataba en los extremos con sendas cortinas del mismo terciopelo rojo, que eran la entrada y la salida de camareros desde la cocina interior del restaurante. Desde aquel sitio nosotros controlábamos todo. Y ya desde el principio, un camarero que parecía sacado de una película de Almodóvar, cuando retiraba los platos, y dentro de las cortinas que nosotros estratégicamente controlábamos sentados en aquel sofá rojo, se bebía todos los culitos de las copas del vino carísimo que había quedado allí. Al final de nuestra comida, el camarero andaba borracho dando tumbos. Inolvidable. ¡Ay Nueva York! ¡Ay Mies van der Rohe!

LA ESFERA DE FEDERICO

Hay una imagen muy conocida de Federico García Lorca en Nueva York en 1930, en la plaza central de Columbia University, sentado en un podio de mármol, bajo una gran esfera de ónice negro. Aquello era un curioso reloj de sol que marcaba la hora por medio de la sombra arrojada de la negra esfera sobre ese podio en el que estaban las marcas de las horas con números de bronce. Y una inscripción con letras, también de bronce que reza: HORAM EXPECTA VENIET, que en español significa: la hora esperada vendrá.

Pasados los años la esfera se quebró y fue retirada. Todavía queda hoy el podio con la inscripción que, sin la esfera, causa perplejidad en la gente que lo lee. Y donde tengo la costumbre de fotografiarme con los amigos cuando vamos a Columbia. Y es que la luz en movimiento, con la precisión con que lo hace la luz del sol, da pie a poder construir los relojes de sol. No en vano repito una y otra vez que en arquitectura, la luz construye el tiempo.

MI NUEVA YORK

Siempre que puedo, me escapo a Nueva York. Allí me quedo en la calle 72 West, muy cerca del Lincoln Center, y me siento como en casa. Y allí soy feliz para pensar, soñar, leer, escribir y pasear.

En 2003 ¡hace ya 17 años! expuse por primera vez en Nueva York. Se trataba de una exposición monográfica sobre mi obra en Manhattan, en el Urban Center, en el Rockefeller Center. El montaje lo hizo Manuel Blanco, hoy director de la Escuela de Arquitectura de Madrid. Y el catálogo lo diseñó Roberto Turégano. En la inauguración estuvieron desde Kenneth Frampton hasta Richard Meier. Y apareció Massimo Vignelli al que me acerqué para mostrarle mi admiración. Su respuesta fue el presentarme allí a los Olnick Spanu para que les diseñara la casa que luego construimos en Garrison, a las afueras de Nueva York.

Y, más tarde, en 2013, con ocasión de concederme el Arnold Brunner, me harían otra exposición monográfica en Nueva York, en la American Academy of Arts and Letters, de la mano de Virginia Dajani y Cody Upton, su actual director.

En Columbia University estuve dos años con ocasión de sendos años sabáticos, que aproveché y disfruté convenientemente.

Estas últimas navidades, además de la preceptiva Misa del Gallo en St. Patrick´s Cathedral con el cardenal Dolan, he hecho una serie de cosas que tenía pendientes hace tiempo: ir al Big Apple Circus, en pleno centro del Lincoln Center, que sin elefantes ni tigres ni leones, ha perdido mucho del encanto que siempre el circo tuvo. Eso sí, repleto de niños. Al mismo Lincoln Center, un ballet precioso, el Cascanueces de Tchaikowsky con coreografía de Balanchine. Y ¡cómo no! las preceptivas visitas al MET, al MOMA y al Gugenheim, que nunca defraudan.

Y a pasear por Central Park que siempre está hermosísimo. Y por el West Side Park al borde del Hudson River, al lado de casa, donde siempre me llego hasta el Pier One. Y a comprar libros a Strand. Antes, no hace tanto, se podían comprar libros en la calle. Y a Columbia University, donde tras saludar a los muchos amigos, siempre Kenneth Frampton, volví a pisar el basamento de la desaparecida esfera de ónice donde se fotografió Federico García Lorca, HORAM EXPECTA VENIET. Y ¡claro!, a visitar una vez más el Seagram de Mies van der Rohe. ¡Ay Nueva York!

Alberto Campo Baeza
Madrid, febrero de 2020
Para Revista de Occidente